Medio Ambiente

Advertencias de catástrofes climáticas son recibidas con un silencio global

Advertencias de catástrofes climáticas son recibidas con un silencio global

Se dice que Nerón, el emperador romano famoso por su libertinaje y extravagancia, tocó su lira mientras Roma se incendiaba. Dos milenios después parece que muy poco ha cambiado.
Hoy es el planeta, no sólo una ciudad, la que está sintiendo el calor. Y son los líderes mundiales, en particular el presidente estadounidense, Donald Trump, quienes se muestran impasibles. Esta semana, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) informó que un aumento de un grado centígrado (1 ºC) en la temperatura global desde la época preindustrial (definida como el período de 1850 a 1900) ya se estaba sintiendo en forma de inundaciones, sequías, incendios forestales y olas de calor.
El plan original de limitar el aumento a “muy por debajo” de los 2ºC para el año 2100 ya no es una póliza de seguro viable; en lugar de ello, deberíamos aspirar a no más de 1.5ºC para el año 2030. El plan de supervivencia de 12 años implicaría “cambios sin precedentes” en la forma en que vivimos, según el IPCC. Afectaría la tierra, la energía, la industria, los edificios, el transporte y las ciudades. “Los próximos años son probablemente los más importantes de nuestra historia”, dijo Debra Roberts del IPCC.
Esta declaración histórica que recomienda un umbral de 1.5ºC —especialmente porque al parecer nos estamos dirigiendo a un aumento de 3°C para el año 2100— debería haber motivado el análisis y la angustia de los políticos. En cambio, el silencio internacional fue ensordecedor.
Quizás esto refleja el creciente localismo en la política. En un momento en que se invoca la soberanía nacional con orgullo colérico, hay pocos incentivos políticos para abordar un problema global (aunque sea de gran magnitud). El calentamiento global, que trasciende las fronteras, es una verdad incómoda para quienes buscan reimponerlas. La negación del cambio climático, que ya no es una postura política creíble, ha dado paso a la indiferencia ante el cambio climático.
Hay algo tanto para los pesimistas como para los optimistas en el resumen del IPCC para los legisladores, publicado antes de una conferencia internacional en Polonia en diciembre. Para los pesimistas: un aumento de 2ºC destruiría 99% de los arrecifes de coral; dañaría los cultivos; propagaría enfermedades como la malaria; dañaría o eliminaría ciertos hábitats y ecosistemas; y provocaría más migración y pobreza.
Con cierto esfuerzo, los optimistas pueden divisar la esperanza a través de la niebla. La humanidad puede, con esfuerzos heroicos, limitar el aumento a 1.5ºC, con sus beneficios correspondientes: Los niveles globales del mar aumentarían, pero no tan dramáticamente (10 cm menos que a 2ºC); se perdería la mayoría, pero, afortunadamente, no todos los arrecifes de coral; la adaptación y la mitigación seguirán siendo viables; 420 millones menos personas enfrentarían olas de calor.
Cumplir con esta meta más estricta será monumentalmente difícil, aunque no imposible. Para 2030, nuestras emisiones globales de dióxido de carbono (CO2) deben caer al 45% de los niveles del año 2010.
Para el año 2050, cualquier emisión restante tendría que extraerse de la atmósfera, mediante medidas como la reforestación y la captura y almacenamiento de carbono. Es, como algunos lo han descrito, nuestro momento colectivo más ambicioso.
Sin embargo, en lugar de acelerar nuestros esfuerzos, nos estamos ralentizando. Según la Autoridad Internacional de Energía, es probable que las emisiones de carbono, que se mantuvieron estables en 2015 y 2016, aumenten este año. Consumimos demasiada energía y seguimos dependiendo de los combustibles fósiles. Esta insensatez miope puede forzarnos a adoptar políticas más desesperadas en el futuro, como la ingeniería climática a escala global. Una técnica, que China, con su nueva postura asertiva, está analizando, consiste en inyectar partículas en la estratosfera para dispersar la luz solar.
Además del peligro de los efectos secundarios imprevistos, como los cambios en los patrones de lluvia globales, estas medidas en gran parte no probadas plantean problemas de gobernanza y seguridad. Las naciones podrían decidir unilateralmente actuar por interés propio, incluso aunque se produzcan inundaciones en otros lugares. Si a usted no le gusta la política de “Estados Unidos Primero” en la tierra, ¿qué le parece la de “China Primero” en la estratosfera? Sólo mediante la renovación de la cooperación mundial podemos adoptar el plan de acción sensato: Un enfoque de Planeta Primero.
Fuente: Anjana Ahuja, en Financial Times 



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